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El
deseo, configurado a través de las redes electrónicas, encuentra
su máximo sustantivo en las autorretratos que los internautas realizan
a través de sus web cam. En la serie interfaz me apropio de imágenes
que han sido olvidadas en un ciber café o que he tomado de páginas
de contactos. Un supuesto instante captado en la intimidad de la alcoba
resulta ser un denso conglomerado de significados, verdaderas tecnologías
del yo, que evidencian la performatividad de la identidad. Según
Judith Butler “el género resulta ser performativo, es
decir, que constituye la identidad que se supone que es…el género
es siempre un hacer”. Son autorrepresentaciones, mascaradas
fotográficas para el otro que, una vez pintadas, saturan su nivel
de iconicidad, haciendo de la tautología una estrategia del pintar.
Así, a través de la repetición, se pierden una serie
de datos y se ganan otros, la estructura imitativa del macho queda al
descubierto. Y es que el hombre, en crisis, como el artista (se) dibuja
una y otra vez, convulsivamente, temiendo ser borrado por el olvido.
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