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“Nacido
de una mujer, mecido en un vientre femenino, el niño macho, al
contrario de lo que sucede a la hembra, se ve condenado a marcar diferencias
durante la mayor parte de su vida. Solo puede existir oponiéndose
a su madre, a su feminidad, a su condición de bebé pasivo.
Para hacer valer su identidad masculina deberá convencerse y convencer
a los demás de tres cosas: que no es una mujer, que no es un bebé
y que no es homosexual” [ELISABETH
BADINTER]
La dificultad del hombre para construir una identidad masculina aceptable,
edificada ésta en la negación, encuentra su punto álgido
en la adolescencia. Durante el estadio temporal entre la niñez
y la madurez, se prolonga (cada vez más) este espacio indefinido,
eterno puente, donde se ponen en práctica los más variados
ritos de paso. Pruebas que, en un tórrido verano la chicos guardan
con recelo en su cabaña; rituales que encierran la llave de la
definición.
Haciendo uso de la memoria, la mía propia/ la
de los otros, introduzco los mecanismos nemotécnicos en mi obra
y los hago tangibles. Como adolescente que fui, o sigo siendo, hablo precisamente
de esas pruebas que aguardan a cada rincón y que sumen al chico
en la indiferencia, la duda o el desasosiego ante la exigencia de adoptar
un rol y una identidad normativa, productiva para el sistema binario adulto.
El joven reivindica la ambigüedad: como si ésta pudiera destilarse
a través de su piel y dar ese aspecto en ocasiones andrógino
que nos ofrece la construcción de su identidad.
Las serie suite abarca
la masculinidad adolescente dentro de internet. Y es
que este mass-media, promiscuo por naturaleza, nos ofrece gran cantidad
de estos cyborgs medio construidos. Innumerables páginas exhiben
material pornográfico supuestamente proscrito: pubertad es estado
puro para el disfrute voyeurístico adulto. Muchos son modelos mayores
de dieciocho que ponen en funcionamiento roles de género identificados
con la adolescencia; en otras ocasiones son adolescentes que nos miran
con insolente lascivia previo pago. Entre la fotografía de estudio
y la suciedad amateur, estas imágenes se encuentran en el borderline
de lo legal. Dichas fotografías, de las que me apropio, ya son
construcciones en sí mismas y son las que empleo para posteriormente
transformarlas en la serie Suite. Por ello, utilizo lo que la
imagen me ofrece, hago un uso consciente de sus significantes, para deconstruirlos
y plasmarlos en un nuevo constructo visual: la pintura se constituye como
arma subversiva, desautorizando la imagen referente y mostrando los dispositivos
de poder que la vehiculan, gracias a los mecanismos lentos de reproductibilidad,
propios al medio pictórico. Y el chicle: material que se transmuta,
con su sexualizada elasticiadad nos sume en estas suites salivadas, espacios
a caballo entre el deseo y el rechazo, donde al espectador no le queda
elección.
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